La diputada belga no quiere dictaduras de la ropa

Temmuz 31, 2009 por admin  
Guardado en Articulos de Viaje

mahinurozdemir

ENTREVISTA: ALMUERZO CON… MAHINUR ÖZDEMIR

La diputada belga no quiere dictaduras de la ropa. Ni en Europa ni en Irán

Mahinur Özdemir provocó una pequeña tormenta política hace unos días cuando juró su escaño como parlamentaria regional de Bruselas con la cabeza cubierta, como pide el Islam que practica. Es la primera vez en Europa que se da un caso semejante. Aquellos truenos apenas se dejan oír ya, lo que se corresponde muy bien con la radiante Özdemir, universitaria de 26 años y clase media, belga de tercera generación con ascendencia turca que llega apresurada a la cita y cuando habla echa por tierra todos los estereotipos sobre los musulmanes. “Si no se me viese la cabeza, nadie hubiera dicho nada sobre mí”, reconoce, aún sorprendida por el interés internacional que ha suscitado.

Ha elegido el restaurante turco La Sublime Porte, por ser “una mezcla de Oriente y Occidente”. Explica en qué consisten los diferentes platos de la carta y para ella se pide izgara levrek (lubina a la plancha), acompañada de Coca Cola light y luego de agua, porque el día es caluroso y ella va cubierta como no lo iría ninguna chica de su edad que no fuera musulmana. Se le ilumina la cara a la hora del postre, que será izmik (un pastel de sémola). Özdemir es menuda, de rasgos finos, piel clara y vivos ojos oscuros discretamente realzados con una sombra a juego con su delicado velo violeta, al que ella prefiere llamar pañuelo.

Tomó la decisión de cubrirse la cabeza de la noche a la mañana cuando era adolescente. A sus padres, también musulmanes, no les hizo gracia, ni tampoco a la abuela, temerosa la familia del efecto que pudiera tener esa ostentación en su entorno social, que tiende al laicismo. Mahinur es la mayor de cinco hermanos y su única hermana no porta el velo. “Yo he tenido suerte. Quizá porque sonrío mucho, hablo con la gente, me entiendo bien con todos”.

Se cubrió la cabeza por convicción religiosa y siempre se ha sentido cómoda. En un par de ocasiones se ha planteado si dejarlo o no, para concluir que “con el pañuelo soy yo misma”.

‘No tiene que haber una dictadura de la vestimenta’, apunta. ‘Ni para imponerla ni para prohibirla’. Ni en Bélgica ni en Irán. El debate que se da en Francia sobre la burka y el niqab, que fantasmagorizan a las mujeres, está ya resuelto en Bélgica por orden policial y en atención al orden público, a lo que ella asiente: “El rostro tiene que estar descubierto porque es el único modo de identificar a la persona”.

Özdemir fue elegida en la lista del Centro Demócrata Humanista, heredero del antiguo partido democristiano francófono, al que se siente atraída “porque parte del ser humano para resolver los problemas”. Es consciente de ser un modelo entre los de su religión y confía en servir de imán para sacarles de la marginación: “Cuando vean a una chica que ha tenido éxito, que está integrada y que lucha por una sociedad mejor”.

Un reciente estudio sobre los belgas de origen marroquí ponía crudas cifras a esta marginalidad y ahondaba en las costumbres de una sociedad rural trasplantada a un ámbito urbano en el que la religión es el único refugio. Justo en el extremo opuesto está Özdemir. La parlamentari

no tiene nada que objetar a las relaciones sexuales prematrimoniales y sobre el matrimonio homosexual es taxativa: “Está en la ley belga”.

silueta

Mirando hacía la Meca

Temmuz 31, 2009 por admin  
Guardado en Misceláneo

donerpaquistani

Por Pedro Ugarte

La semana pasada estaba comiendo un kebab en un restaurante turco, uno de esos restaurantes turcos donde trabajan inmigrantes que nunca suelen ser turcos. Es fácil saberlo: en el döner kebab los empleados son muy morenos, mientras que los turcos son tan rubios como nosotros (bajo la generosa hipótesis de que nosotros seamos rubios), aunque el imaginario popular los imagine tiznados y tocados con un fez: los prejuicios son así.

Me había llevado hasta allí un hambre de mil demonios: eran las tres y media de la tarde, y me mantenía en pie gracias a un café solitario y mañanero. En tales condiciones, precipitarme sobre uno de esos bocados de carne condimentada con especias fue un acto de supervivencia, aunque debo confesar una especial querencia por la cocina exótica, y cuanto más exótica mejor. Los vascos, para esto del comer, somos de un chauvinista que asusta: pensamos que más al norte de las lonjas de Bermeo y más al sur de las viñas de La Rioja la cocina es un horror: otro prejuicio que deberíamos poner en cuarentena.

En el local no había ningún otro cliente, y yo seguía con el kebab y con la mirada concentrada en un periódico cuando comprobé que algo raro pasaba. Miré al sesgo, con disimulo, y me encontré con que uno de los empleados había apartado unas cuantas sillas y extendido sobre el suelo, justo delante de mí, una pequeña alfombra. Entonces se descalzó, se puso un pequeño gorro y empezó a rezar. Me sentí bastante mal. Yo batiendo la mandíbula, con las manos untadas de salsa, y ese hombre ahí delante, tan recogido, mirando hacia La Meca. Yo pasando las hojas del periódico y chupándome los dedos y atacando el bol de patatas fritas, y ese hombre frente a mí, a un palmo de mis zapatos, con los ojos cerrados, absorto, remoto, en otra parte, en otro mundo. Comenzó a realizar genuflexiones y ya no pude más. Me sentía mal, me daba vergüenza seguir comiéndome un kebab y bebiendo cerveza mientras él charlaba, o algo, con la divinidad. De modo que plegué el periódico con la mayor delicadeza, recogí todas mis cosas, separé la silla evitando hacer el menor ruido y tracé en mi camino hacia la barra una discreta circunvalación, para no perturbar al musulmán en sus plegarias y guardar el respeto necesario. Menos mal que en la barra había otro, quizás algo más laico, que sin rezar ni nada emprendió el cobro el servicio.

Mi hijo de diez años me explicaba el otro día las cinco obligaciones que debe cumplir todo buen musulmán. Se las habían enseñado en el colegio cristiano y se las habían enseñado con aplicación y con respeto. Pero eso ya sólo sorprende a los auténticos sectarios. Aquel musulmán que oraba en el restaurante turco, mirando hacia La Meca, merecía todo el respeto. Y es imposible perder el respeto a quien no se lo ha perdido a sí mismo, ya mire hacia La Meca, ya mire hacia otra parte.

silueta

« Página AnteriorPágina siguiente »